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Materia, memoria, mujer: la alquimia según Kiefer

Anselm Kiefer y las alquimistas

En la penumbra herida del Palazzo Reale de Milán, donde las paredes aún susurran la memoria del bombardeo de 1943, Anselm Kiefer levanta algo más que una exposición: erige un archivo vivo. Le Alchimiste no es simplemente un conjunto de obras, sino una invocación. Un gesto de restitución.

Kiefer, nacido entre las ruinas de la Alemania de posguerra, ha hecho de la memoria un material tan tangible como el plomo o la ceniza. Su obra siempre ha sido una excavación: de la historia, del mito, de la culpa colectiva. Pero aquí, en este proyecto iniciado en 2023 y curado por Gabriella Belli, su mirada se inclina hacia una genealogía borrada: la de las alquimistas.

La alquimia, ese arte antiguo de indagar la naturaleza, transformar la materia, crear fármacos y cosméticos, fue también una forma de conocimiento que, al institucionalizarse como ciencia, dejó atrás a muchas de sus protagonistas. Cuando llegó la química, lo que no pudo traducirse en fórmulas quedó relegado al territorio de la magia. Y con ello, muchas mujeres.

Kiefer recoge esos nombres dispersos como quien recoge fragmentos tras una explosión. Caterina Sforza, con su manuscrito de más de 400 recetas, Isabella Cortese, Maria la Giudea, Marie Meurdrac, Mary Anne Atwood. Figuras que habitaron los márgenes entre ciencia y misterio, entre laboratorio y cuerpo. Mujeres atravesadas por el deseo de conocer, por la promesa, o la condena, de la piedra filosofal.

En sus grandes teleri, Kiefer no ilustra: transmuta. El plomo fundido, tóxico, pesado, primordial, se derrama sobre la superficie con una violencia que recuerda, por momentos, al gesto de Jackson Pollock, pero aquí el azar nunca es puro. Hay siempre una figura que insiste, un cuerpo que emerge, una presencia que resiste a la disolución. El fondo puede parecer caótico, pero la figura humana permanece como testigo. Como si la materia misma recordara.

Kiefer se sitúa entonces en una posición ambigua y poderosa, no solo como artista, sino como alquimista entre alquimistas. Trabaja con la transformación, del material, del símbolo, de la historia, para devolver visibilidad a lo que fue negado. En este sentido, su obra no solo representa: reescribe.

La exposición traza una constelación de 38 mujeres, un número que resuena más como un umbral que como un límite. Cada nombre es una grieta en la narrativa oficial. Cada obra, una tentativa de reparar el olvido. Como sugiere el eco de investigaciones contemporáneas, como las de Jett Anders, la historia ha sido escrita con ausencias, y Kiefer decide trabajar precisamente con ese vacío.

Y luego está el oro.

En las últimas salas, bajo el lucernario, el oro aparece no como riqueza sino como destino alquímico: la promesa de la transformación total. La piedra filosofal, ese mito persistente, no convierte solo los metales en oro, sino la pérdida en sentido, la ruina en memoria. El oro de Kiefer no brilla: arde.

Quizás por eso la figura de Anna Vasa of Sweden parece cerrar el recorrido con una sonrisa. No como conclusión, sino como apertura. Como si, después de siglos de silencio, estas mujeres finalmente ocuparan el espacio que siempre les perteneció.

Le Alchimiste no es una exposición sobre el pasado. Es un acto de transformación en presente. Kiefer, fiel a su lenguaje de ceniza, plomo y oro, construye un archivo que no clasifica sino que respira. Un archivo donde las mujeres olvidadas de la alquimia no son reliquias, sino fuerzas activas.

Porque al final, la verdadera alquimia no consiste en convertir el plomo en oro, sino en hacer visible lo invisible.