Madres, no madres y creadoras
Mayo el mes de las madres...o creadoras?
Hay una pregunta que vuelve una y otra vez cuando una mujer decide dedicarse al arte.
A veces aparece en voz alta. Otras veces toma formas más sutiles, casi invisibles. Pero está ahí, suspendida detrás de muchas decisiones, muchos silencios, muchas culpas:
Qué significa crear cuando se es mujer?
Y más todavía:
es lo mismo crear vida que crear obra?
Durante siglos, la cultura construyó la maternidad como el destino natural de las mujeres. La figura de la madre apareció asociada al cuidado, a la entrega, a la repetición silenciosa de lo cotidiano. Mientras tanto, la figura del artista, el genio, el creador, el autor de algo trascendente, fue imaginada casi siempre como masculina: alguien libre para retirarse del mundo y producir una obra separada de sí mismo.
A los hombres se les permitió trascender mediante la creación.
A las mujeres se les pidió sostener la vida de otros.
Y sin embargo, muchas artistas pasaron toda su vida intentando romper esa frontera. Algunas fueron madres y convirtieron esa experiencia en obra. Otras quisieron serlo y no pudieron. Algunas decidieron no tener hijos para proteger algo frágil y voraz: el espacio interno necesario para crear. Y muchas descubrieron que el acto artístico también podía ser una forma de gestación.
Hace unas semanas di una charla llamada Madres, no madres y creadoras. Mientras preparaba las imágenes, los textos y las obras, empecé a notar algo: la maternidad aparecía en el arte no como una respuesta, sino como una herida abierta. Como un territorio lleno de contradicciones.
La maternidad podía ser deseo.
Pero también agotamiento.
Refugio.
Mandato.
Pérdida.
Memoria.
Amenaza.
Amor.
Desaparición.
Pensé en Mary Kelly exhibiendo pañales usados, manchas y registros de alimentación en Post-Partum Document. Lo que durante siglos había sido considerado trabajo invisible, doméstico, menor, aparecía de pronto dentro del museo. Kelly entendió algo profundamente radical: criar también produce archivo. El cuidado deja marcas. El tiempo de la maternidad también escribe sobre el cuerpo.
Sus obras no mostraban la imagen idealizada de la madre feliz. Mostraban repetición, cansancio, apego, separación. Mostraban que amar a un hijo también implica aprender lentamente a perderlo.
Después pensé en Louise Bourgeois y en Maman, esa gigantesca araña de bronce que parece sostener y amenazar al mismo tiempo. Bourgeois convirtió a su madre en una criatura monumental: protectora, paciente, trabajadora, pero también inquietante. Hay algo muy verdadero en esa ambivalencia. La maternidad rara vez es pura ternura. Muchas veces también está hecha de miedo. Del terror silencioso de cuidar algo tan vulnerable.
Y luego apareció Frida Kahlo, sangrando sobre una cama en Henry Ford Hospital. Tal vez una de las primeras imágenes realmente brutales sobre el aborto y la pérdida en la historia del arte occidental. Frida pintó aquello que durante siglos había sido expulsado de las imágenes: el dolor físico femenino, la imposibilidad, el duelo corporal. No pintó maternidades idealizadas. Pintó la violencia de un cuerpo que deseaba crear vida y no podía.
Pero no todas las artistas quisieron ser madres.
Georgia O’Keeffe decidió dedicar su vida por completo a la pintura. Y, sin embargo, su obra está llena de fertilidad. Flores abiertas como órganos. Paisajes que parecen respirar. Huesos suspendidos en el desierto. En O’Keeffe, la potencia creadora abandona el cuerpo biológico y se desplaza hacia la naturaleza. Como si crear no dependiera necesariamente de gestar hijos, sino de encontrar una forma de intensificar la vida.
Mientras preparaba la charla, creía que estaba pensando sobre maternidad. Pero después entendí que en realidad estaba pensando sobre otra cosa: la tensión entre el cuidado y la existencia propia. Sobre el miedo de muchas mujeres a desaparecer dentro de aquello que aman.
Y entonces, unos días después de la charla, fui a ver Mamá está acá, en cinemateca, Montevideo.
La película apareció casi como una continuación secreta de todas esas preguntas.
El documental sigue a cuatro mujeres artistas que intentan montar una obra de teatro mientras atraviesan experiencias muy distintas de maternidad. Una adopta sola. Otra espera un hijo. Otra intenta sostener la enfermedad de un niño pequeño. Mientras tanto, ensayan escenas, cosen vestuario, discuten textos, llegan tarde, se cansan, vuelven a empezar.
Lo más conmovedor de la película es que nunca separa del todo el arte de la vida. No hay un momento limpio donde una mujer deja de ser madre para convertirse en artista. Todo ocurre al mismo tiempo. El ensayo convive con el agotamiento. La creación aparece atravesada por interrupciones, culpa, ternura y cansancio físico.
Y quizás ahí haya una verdad enorme.
La historia del arte muchas veces imaginó la creación como aislamiento: el artista encerrado en su estudio, completamente disponible para la obra. Pero muchas mujeres crean de otra manera. Crean fragmentadas. Interrumpidas. Crean mientras alguien las llama desde otra habitación. Crean mientras sostienen económicamente una casa. Mientras cuidan. Mientras intentan no romperse.
Y aun así crean.
Hay algo profundamente político en eso.
Porque estas mujeres no producen a pesar del cuidado. Producen desde ahí. Desde esa experiencia rota y múltiple del tiempo. Desde cuerpos que nunca están completamente solos.
Mientras veía la película pensé otra vez en Mary Kelly, en Louise Bourgeois, en Frida Kahlo. Pensé que muchas de estas artistas trabajaron sobre maternidad incluso cuando hablaban de otra cosa. Porque la maternidad no es solamente tener hijos. También es una relación con el cuidado, con la entrega, con la posibilidad de perderse dentro de otro cuerpo, otra vida, otra necesidad.
Quizás por eso tantas artistas sin hijos también volvieron una y otra vez sobre estas preguntas.
Porque crear una obra se parece, a veces, a criar algo desconocido.
Algo que tarda años en tomar forma.
Algo que exige tiempo, atención y fe.
Algo que una alimenta sin saber exactamente en qué se convertirá.
Hay una violencia silenciosa en la forma en que históricamente se obligó a las mujeres a elegir entre crear y cuidar. Como si fueran fuerzas incompatibles. Como si toda energía destinada a otros cancelara automáticamente la posibilidad de producir una obra. Como si para existir como artista hubiera que volverse inaccesible, egoísta o desprendida.
Pero quizás la experiencia femenina siempre fue mucho más compleja que esas divisiones.
Algunas mujeres crean hijos.
Otras crean imágenes.
Otras crean refugios.
Otras crean lenguaje para nombrar aquello que nunca había sido dicho.
Y tal vez todas esas formas de creación estén más cerca entre sí de lo que creemos.
Después de la charla, una de las preguntas finales era:
Qué significa crear?
Alguien respondió algo que todavía sigo pensando.
Crear es dejar una huella de que estuvimos acá.
Quizás por eso el título Mamá está acá me quedó resonando tanto. Porque estar, simplemente estar, también puede ser una forma de creación. Estar aunque una esté cansada. Estar aunque tenga miedo. Estar mientras intenta sostener a otros sin desaparecer completamente de sí misma.
Tal vez esa sea una de las preguntas más difíciles para muchas mujeres artistas:
cómo cuidar sin borrarse.
Cómo amar sin dejar de existir como sujeto.
Cómo sostener la vida de otros sin abandonar la propia voz.
No creo que el arte venga a resolver esas tensiones.
Pero sí creo que puede volverlas visibles.
Y quizás crear sea justamente eso:
no necesariamente traer un cuerpo al mundo, sino encontrar una forma de narrar lo que duele, lo que falta, lo que cuida, lo que desea existir.
