El tarot entra al museo: Leonora Carrington, Niki de Saint Phalle y la imaginación esotérica en la historia del arte
Durante siglos el tarot circuló en un territorio ambiguo: demasiado popular para ser considerado arte “alto”, demasiado simbólico para ser solamente un juego. Sin embargo, en el siglo XX algo cambia. Las cartas dejan de ser únicamente objetos históricos o instrumentos adivinatorios y se convierten en un verdadero laboratorio visual para los artistas.
La exposición Tarocchi. Le origini, le carte, la fortuna en la Accademia Carrara de Bérgamo muestra con claridad ese desplazamiento. Desde las refinadas cartas renacentistas pintadas para las cortes italianas hasta las reinterpretaciones de artistas contemporáneos, el recorrido permite ver cómo el tarot pasó de ser un objeto cultural a convertirse en un dispositivo creativo dentro de la historia del arte.
Y es justamente en ese punto donde aparecen dos figuras fundamentales: Leonora Carrington y Niki de Saint Phalle.
Cuando el tarot encuentra a los artistas
El tarot posee algo que ha seducido a los artistas durante siglos: un sistema de imágenes abiertas, cargadas de arquetipos. El mago, la emperatriz, la muerte, el mundo. Cada carta es al mismo tiempo una figura narrativa y un símbolo universal.
Para los artistas del siglo XX, especialmente aquellos interesados en lo mítico, lo psíquico y lo mágico, este lenguaje visual resultaba extraordinariamente fértil.
No es casual que el surrealismo se haya sentido atraído por el tarot. Los surrealistas buscaban sistemas que permitieran acceder a lo invisible: el inconsciente, el sueño, la imaginación. El tarot, con su estructura simbólica y su lógica asociativa, parecía una máquina perfecta para producir imágenes.
Dentro de este contexto, Carrington ocupa un lugar especial.
Leonora Carrington: alquimia, mito y metamorfosis
En la obra de Leonora Carrington el tarot no aparece como una curiosidad esotérica sino como parte natural de su universo simbólico. La artista, profundamente interesada en la alquimia, la magia, la mitología celta y las tradiciones herméticas, veía el mundo como un sistema de transformaciones continuas.
Sus pinturas están pobladas por criaturas híbridas, sacerdotisas, animales parlantes, rituales misteriosos. Son escenas que parecen surgir de un sueño pero que también recuerdan a antiguos sistemas simbólicos.
En ese contexto, las figuras del tarot funcionan casi como arquetipos narrativos. La transformación, la iniciación, el viaje espiritual, temas centrales de las cartas, son también los grandes temas de la obra de Carrington.
Más que ilustrar el tarot, la artista parece habitar su lógica.
El tarot, al igual que la alquimia, describe un proceso: caída, crisis, revelación, renacimiento. Es una narrativa simbólica de la transformación. Y esa narrativa atraviesa toda la producción de Carrington.
Niki de Saint Phalle: el tarot como universo
Si Carrington integra el tarot en su imaginario pictórico, Niki de Saint Phalle da un paso aún más radical: transforma el tarot en un mundo completo.
La artista francesa dedicó décadas a la creación del Tarot Garden, un parque escultórico monumental en la Toscana inspirado en los arcanos mayores del tarot. Cada carta se convierte allí en arquitectura habitable: la Emperatriz, el Mago, el Sol, la Justicia.
En sus manos, los arquetipos del tarot se transforman en esculturas monumentales, coloridas, vibrantes. Las figuras femeninas adquieren una presencia poderosa y celebratoria, alineada con la exploración que Saint Phalle hizo del cuerpo, la identidad y la energía femenina a lo largo de su carrera.
El tarot se convierte así en una especie de cosmología visual.
A diferencia de las interpretaciones ocultistas tradicionales, Saint Phalle no busca revelar un conocimiento secreto. Lo que le interesa es el potencial imaginativo de las cartas: su capacidad para construir mitos contemporáneos.
El tarot como archivo simbólico
Lo que la exposición sugiere, al poner en diálogo cartas renacentistas con reinterpretaciones modernas, es que el tarot funciona casi como un archivo visual de arquetipos.
Desde el siglo XV, estas imágenes han sobrevivido porque contienen algo extraordinariamente flexible: símbolos capaces de ser reinterpretados una y otra vez.
En el Renacimiento reflejaban el orden moral y político del mundo. En el siglo XVIII se transformaron en instrumentos de adivinación. En el siglo XX se convirtieron en materia prima para el arte.
Carrington y Saint Phalle muestran dos caminos posibles dentro de esa historia: uno más íntimo, alquímico, ligado a la transformación interior; otro expansivo, monumental, que convierte el tarot en arquitectura imaginaria.
El arte y la necesidad de lo invisible
Tal vez lo más interesante de la persistencia del tarot en el arte sea que revela algo profundo sobre la práctica artística misma.
El arte siempre ha trabajado con símbolos. Con imágenes que no explican, sino que sugieren. Con formas capaces de abrir interpretaciones.
En ese sentido, el tarot no es un objeto extraño dentro de la historia del arte. Es, más bien, una de sus formas más puras.
Un sistema de imágenes diseñado para pensar lo invisible.
Por eso artistas como Carrington y Saint Phalle no lo tratan como superstición o curiosidad histórica. Lo reconocen como lo que realmente es: un lenguaje visual extraordinariamente potente.
Un lenguaje que, siete siglos después de su nacimiento, sigue produciendo imaginación.
