|

🗓️

Alberto Greco: señalar la vida

Ayer entré al Museo Reina Sofía. En las salas dedicadas a Alberto Greco ocurre algo extraño: uno entra esperando ver obras y termina viendo algo mucho más difícil de capturar: la vida misma convertida en arte.

design
design

Greco, el artista argentino que inventó el arte vivo, fue una de esas figuras que parecen haber vivido demasiado rápido para su propio tiempo. Murió joven, dejó obras efímeras, manifiestos delirantes, acciones improvisadas en las calles y una idea radical: el arte no debía representar la realidad. Debía señalarla.

Como quien apunta con el dedo y dice: mirá.

Un artista que huía de sí mismo

Alberto Greco nació en Buenos Aires en 1931, pero su biografía parece la de alguien que nunca terminó de pertenecer a ningún lugar. Muy pronto abandonó Argentina y comenzó un recorrido errático por ciudades y puertos: París, Río, Roma, Madrid, Nueva York, Ibiza.

Era pintor, poeta, performer, actor ocasional, provocador constante.

En los años cincuenta y sesenta el mundo del arte estaba lleno de artistas que querían romperlo todo, pero Greco no solo quería destruir las formas: quería eliminar la distancia entre arte y vida.

En París sobrevivió pintando murales en cabarets, leyendo la fortuna, escribiendo poemas. En Roma escandalizó a medio mundo con intervenciones callejeras y performances irreverentes.

Su vida parecía más una deriva que una carrera.

El día en que el arte dejó de ser un objeto

En 1962 Greco formuló una de las ideas más radicales del arte del siglo XX: el arte vivo.

La obra ya no sería un cuadro ni una escultura.

La obra sería la realidad misma.

Greco lo llamó vivo-dito. La palabra mezcla español e italiano y significa, literalmente, vida señalada con el dedo.

El procedimiento era casi infantil en su simplicidad:
Greco señalaba algo, una persona, un perro, un mercado, una esquina, y lo declaraba obra de arte.

A veces lo firmaba con tiza, dibujaba un círculo alrededor, o a veceses, implemente lo anunciaba.

Ese gesto bastaba. El arte, de pronto, estaba en todas partes.

Roma: escándalo inevitable

Roma fue uno de los escenarios donde Greco llevó su idea al límite.

Cubría muros con la frase “Viva el arte vivo”, firmaba lugares de la ciudad como obras y participaba en performances experimentales que mezclaban teatro, happening y provocación.

La tensión llegó a su punto máximo con la obra Cristo 63, una pieza teatral experimental que fue rápidamente censurada por blasfema.

El escándalo terminó con su expulsión de Italia.

Pero expulsar a Greco de una ciudad solo significaba una cosa:
que aparecería en otra.

Madrid y el arte que ocurre en la calle

Cuando llegó a Madrid en 1963, Greco encontró un escenario inesperado para su arte.

En lugar de encerrarse en galerías, salió a la calle.

Recorría mercados, estaciones de metro, plazas. Señalaba cosas, personas, escenas cotidianas. A veces reunía gente para acciones colectivas donde la obra duraba apenas unos minutos.

En una intervención célebre en Lavapiés organizó un momento vivo-dito que terminó con la quema de un lienzo pintado colectivamente.

Pero su gesto más hermoso ocurrió lejos de la ciudad.

En el pequeño pueblo de Piedralaves, en Ávila, Greco decidió algo completamente desmesurado: declaró al pueblo entero obra de arte.

Lo rebautizó con humor delirante: “Grequísimo Piedralaves, capital internacional del grequismo.”

Entre los vecinos circuló un rollo gigantesco de papel, de cientos de metros, donde cada uno escribía algo: recuerdos, cartas, dibujos, recetas.

El arte ya no era solo una pintura, sino una comunidad entera participando en un gesto.

El final escrito en la mano

La historia de Greco termina en 1965, en Barcelona.

Tenía 34 años.

Después de terminar su novela Besos brujos, decidió ingerir una dosis masiva de barbitúricos. Antes de perder el conocimiento escribió una palabra en su mano: FIN. Hay algo profundamente teatral en ese gesto final, casi como si su vida entera hubiera sido una última performance.

La vida como obra

Durante mucho tiempo Greco fue una figura marginal en la historia del arte. Sus obras eran demasiado efímeras, demasiado caóticas, demasiado difíciles de conservar.

Pero hoy resulta evidente que estaba adelantado a su tiempo.

El arte conceptual, el performance, el happening, las prácticas participativas, muchas de las formas del arte contemporáneo, ya estaban, de alguna manera, contenidas en su gesto simple: señalar la realidad y decir: esto es arte.

Quizá Greco tenía razón.

Quizá el arte no está en las salas del museo.

Quizá está afuera, en la calle, esperando que alguien lo señale.