Pablo Atchugarry y Alicia de Arteaga sobre Lucio Fontana: Genio de dos mundos
El pasado 28 de Enero, en el MACA (Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry), tuvo lugar una conversación pública entre Pablo Atchugarry y la crítica de arte Alicia de Arteaga, en el marco de la muestra Lucio Fontana: Genio di due mondi. El encuentro propuso una reflexión profunda sobre la obra y el legado de uno de los artistas fundamentales del siglo XX, poniendo en diálogo su recorrido histórico, sus gestos técnicos y su vigencia conceptual, así como los vínculos sensibles entre su práctica y la de Atchugarry.
La exposición se presenta como un recorrido temporal y conceptual por una de las aventuras más radicales del arte moderno. No se trata de una retrospectiva lineal, sino de un viaje que avanza como avanzó el propio Fontana: tanteando la materia, empujando sus límites, buscando lo que hay más allá.
El recorrido comienza con los caballos: cuerpos tensos, modelados con una energía primaria, casi arcaica. Allí Fontana aún dialoga con la tradición escultórica, pero ya se percibe un impulso vital que no se conforma con la representación. Luego aparece la cerámica, ese territorio híbrido donde el artista trabaja con la arcilla como si fuera una extensión directa del cuerpo. La mano deja huella, presiona, abre, hiere. La forma no se pule: se revela.
Finalmente, el camino conduce a los célebres tagli, a Le Attese. Los tajos no son un gesto violento ni arbitrario, sino el resultado de una composición rigurosa, casi clásica. Hay en ellos una armonía que remite a los grandes maestros del Renacimiento. Como en La Última Cena de Leonardo da Vinci, donde los doce apóstoles se ordenan en una estructura invisible pero perfecta, en los once tajos de Fontana cada corte vive en relación con el otro, sostenido por una tensión matemática y espiritual a la vez. El lienzo deja de ser superficie: se convierte en espacio.
Durante la charla entre Pablo Atchugarry y Alicia de Arteaga, emergió el pasado de Fontana como una clave de lectura fundamental. Hijo de un escultor, creció entre talleres y materia. Una pregunta del público recordó que su padre trabajaba como escultor funerario, en un panteón. El panteón: casa infinita, arquitectura para la vida después de la muerte. ¿Cómo no pensar que ese contacto temprano con lo funerario, con la idea de tránsito y permanencia, haya influido en la obsesión de Fontana por el infinito? Al quebrar la tercera dimensión del cuadro, al abrir la tela, Fontana parece buscar justamente eso: un más allá, una continuidad que desborda lo visible.
La conversación derivó luego hacia la afinidad profunda entre Fontana y Atchugarry. Ambos escultores, si es que el término aún importa, ambos viajeros entre mundos. Fontana, llegando a una Italia devastada por la guerra, comenzó a recrear desde la arcilla, a construir con sus propias manos en medio de la ruina. Atchugarry, desde el mármol, talla también a partir de la ausencia: crea la imagen con lo que falta. En ambos casos, la forma nace de una sustracción.
Fue allí donde Alicia de Arteaga formuló una de las ideas más luminosas de la charla: “Ni la tela en Fontana ni el mármol en Atchugarry son un límite: son un umbral”. Un umbral que no se atraviesa sin riesgo, sin fe en lo que no se ve. La materia no es obstáculo, sino pasaje.
Fontana vivió entre dos mundos, entre América y Europa, entre la escultura y la pintura, entre la forma y el vacío. Atchugarry también. Ambos funcionan como filtros de la naturaleza, traductores de una energía que los excede. Sus obras no buscan cerrar un sentido, sino abrirlo. Como los tajos en la tela, como el mármol herido por la herramienta, el arte aparece entonces como una espera, una attesa, frente a lo infinito.
